lunes, 30 de abril de 2012


La elocuencia de su voz

Ilustración: Melisa Blois
Texto: Coca González


            Necesitaba escuchar su voz, sin poder explicarme bien esta ocurrencia.
            Tal vez creía que aunque sea aquel contacto lograría hacer resonar mis membranas emocionales...
Quizá buscaba la forma de compartir con él...búsqueda que luego se convertiría en llamadas reiteradas a lo largo y a lo ancho de los meses.
            Quería compartir con él mi secreto, que escondía el deseo de la creación. La invención conjunta de un mundo misterioso y nuevo. Un mundo nuestro al que pertenecíamos como mínimo por su capacidad de reciclaje, de reelaboración, de re-volver para hacer utilizables los objetos una vez que éstos se aburriesen de contar las mismas historias. Simbolismos renovados, significados aparentes. CAMBIOS. Mi secreto se relacionaba con mi deseo de cambio.
            Mi nombre es Helena, aunque Helena no es solo un nombre...Helena es un mundo por colorear.
            Su secreto, (distinto al mío) iría mutando con el paso de los duendes que marchan en círculos encerrados dentro de los relojes, reiterando los ciclos que marcan las horas.
            Al comienzo de lo que pronto se convertiría en una especie de ritual, los enredados sentimientos eran más bien parecidos a la sorpresa, al desconcierto, a la duda y a la desconfianza.
            Pronto la madeja se mezclaba con alguna pelusa ignorada que habitaba en las oscuridades debajo del sofá como consecuencia del retorno a su actividad previa.
            Pero los sentires se irían transformando junto a las voces en inglés de alguna película subtitulada, rombos naranjas o velas verdes,  junto a las imágenes nacidas de algún libro-novela que estaba siendo leido en el moneto preciso en el que sonaba el teléfono.
            Se irían fusionando con el olor a sopa de verduras que emanaba la holla en la que ésta rompía en hervor.
            O se confundiría con una lágrima que caminaba lento por uno de sus cachetes contorneándole la cara, y que luego corría apresurada hasta explotar al caer sobre la tabla en la que se encontraba picando una cebolla.
            Hasta que de repente Víctor se dio cuenta que había comenzado a esperar, la metamorfosis se había consumado.
             Él esperaba a que sonara el timbre del teléfono mientras se sacaba el calzado para ponerse las pantuflas y descubría un nuevo agujerito en el talón de una de sus medias. Esperaba mientras leía los resultados de los partidos de ese fin de semana o buscaba el capuchón de un resaltador entre las patas de la mesa.
            Esperaba la llamada todos los días antes de que ésta ocurriera, como si tuviera la certeza de que alguien cercano está pronto a llegar, una especie de compañía silenciosa a la que se estaba acostumbrando.
            Tal vez esperaba a modo de estrategia para sanear ese frío en el pecho, que allí se había instalado sin permiso y que rastrear el momento exacto de su arribo era todo un desafío, un reto casi constante.
            Como un fantasma dulce aunque distante se imaginaba a aquella persona con voz de mujer que inmediatamente luego de escucharlo decir “hola” cortaba la comunicación. Eran segundos de desaparición e incertidumbre.
            Comencé a sentir luego del primer mes, y a pensar luego del segundo que ya no cortaba la comunicación al cortar el teléfono, y mis ojos se llenaban de chispas, y él experimentaba una emoción fantástica que le dibujaba una tierna sonrisa en los labios.

“Se me escapan tus señales
así como a vos las mías.
Aunque aveces pienso que no,
que no se nos escapa nada
y que fluimos en secreto
y es tu secreto distinto al mio
y los peces de colores
se sonríen mágicamente
como un guiño de ojos
o un pulgar en alto,
o como cuando se te ocurre una idea brillante
y abrís grandes los ojos.
Pero nos hacemos los que no los vemos,
los que no les prestamos atención,
los que les damos la espalda
mientras los espiamos
dirigiéndoles una mirada de reojo.
Los peces lo saben
y nosotros sabemos que lo saben.”

            Y en su estómago el movimiento de los peces de colores le anunciaban que ese frío húmedo que le estorbaba en el pecho pronto empezaría a evaporarse. Esos peces se habían convertido en su mayor distracción por lo que ya ni siquiera intentaba evadirlos.
            Sus secretos eran distintos pero esa llamada los unía como una fuerza centrífuga que licuaba sus corazones.
            Entonces Víctor tuvo ideas. Al comienzo las ideas eran chiquitas como las hormigas, después como los escarabajos o los caracoles. Pero iban creciendo y se colgaban de las cortinas, de los portalámparas, de los picaportes, de los pies... Víctor iba tropezando con ellas hasta que fueron grandes como una patineta, o como un banquito o como una heladera.
Víctor se vio obligado a detenerse y pensar. Las ideas en relación a Helena eran difusas aunque espesas, indefinidas y sin embargo bellas, intocables pero sensibles...eran algo así como la  niebla o la espuma, como las burbujas o la crema, cromáticas y movedizas...
            Víctor:- Bah! Adjetivos, cualidades,  ornamentos y adornitos...puras abstracciones, palabras efímeras...
            Nada se sabía de sujetos u objetos en los escondrijos de su pensamiento...o quizá sí...no lo sabía, pero algo se le tenía que ocurrir.
            Víctor:- ¡¡¡¡¡¡Algo concreto por favor!!!!!!
             Lo que a Víctor se le escapaba era que todos estos pensamientos difíciles de descifrar no estaban sueltos. Cada uno de ellos venía atado por piolines de diferentes colores de las manos de Helena quien no era ninguna abstarcción.
            Era una tormentita desesperada, un gorrión a punto de nacer, una persiana por cerrarse, un peinado ajeno, un decierto floreado y brillante. Helena se precipitaba en su vida blanca, sin polvo de una noche de amor desesperada, de sinceridad siniestra pero dulce y sabrosa, un desaparecer del aliento, un peinado ajeno pero suyo.
            A Víctor eso un poquito le gustaba, lo seducía, le hacía imaginar, aunque a veces casi que lo vivenciaba de lo intenso que era, que él también era así, que los soles pueden apagarse de golpe, pero que también pueden encenderse, y eso a uno lo anima, pero lo primero es letal. Y entonces se siente parecido a jugar al borde de un abismo con una pelota mientras te está mirando otra persona y vos por un segundo te sentís un poquitito los dos.
            De las manos de Víctor también brotaban hilos de colores que sujetaban mis pensamientos  en relación a él, y en el espacio exterior se iban fusionando para dar a luz nuevas ideas que eran puestas rápidamente en libertad como un conjunto de globos inflados con helio a los que se los suelta de golpe y sin previo aviso. Se iban disgregando en el cielo  a los efectos de los movimientos del aire para luego bajar a la tierra lentamente y a destiempo, como palomas que vuelven del sol en busca de comida para retroalimentar su vuelo.
            Al caminar por las calles, tanto Víctor como Helena se encuentran con sus ideas y se reconocen. Se sorprenden, sonríen cómplices y sigue cada cual su camino con la sensación del amor en la garganta y la de los peces en no sé donde.
            Víctor decidió esa tardenoche de domingo ir a ver el partido de Boca Juniors al bar de la esquina para compartir un fernet y una porción de papas fritas (le gustaban con mucha sal) con alguien más que consigo mismo.
            Helena se pidió unas empanadas y descorchó un vino mientras se preparaba para ver algún film de Woody Allem (le gustaba particularmente la música de sus peículas).
            Boca Juniors le ganaba 2 a 1 a San Lorenzo. Finalizado el partido y con la emoción del hincha agitándole la sangre, Víctor dirigió un efusivo saludo a los presentes a modo de despedida y volvió a su casa. Se sirvió un vaso de agua que apoyó en su mesita de luz para no tener que salirse de la cama si le daba sed de un momento a otro; se cepilló sus dientes y se acostó a dormir.
            Esa noche Víctor y Helena se encontraron en sueños. La realidad comenzaba a ser sobredibujada por la fantasía cuando empezaron a besarse. Los besos iban perdiendo el control de la voluntad de los amantes y los movimientos se volvían autónomos. Sus cuerpos respondían a cada estímulo por sí mismos: ¡cuántas formas de agarrarse nuevas!, que se iban mezclando con los arabescos que cobraban vida de humo y que provenían de la brasita del sahumerio que Víctor había encendido en cualquier momento. Formas de enamorados que cargaban con una pesada cuota de ilusión que se resistían a pagar al corto plazo.
            El sol brilló maravillosamente anunciando la cercanía de la primavera. Ahora Víctor tenía la certeza de que la humedad de su pecho había secado y que germinaban las raíces del amor que Helena había sembrado un poquito sin querer y otro poquito intencionalmente en su espíritu.
            Helena..., yo, experimentaba la alegría del cambio y se animaba... me animaba a responder cada vez que Víctor contestaba el teléfono.

Interludios de cocina

 Escribo porque no es fácil decir las cosas que no digo y que entonces por eso escribo.
 No es fácil decir, por ejemplo, todo lo que sentí aquella tarde en la que Emilio (el hombre de los pantalones con huecos), me enseñó a hacer alfajorcitos de maizena en la cocina de su casa.

 Cada vez que Emilio guardaba alguna cosa dentro de los bolsillos ahuecados de su pantalón, ésta caía por la botamanga de alguna de las piernas del pantalón, convertida en otra cosa distinta a la anterior. 
 Dependiendo del bolsillo en el que tal cosa haya sido introducida había tres opciones…aunque solo dos determinadas. Si una cosa se introducía por el bolsillo izquierdo, pues entonces, era sabido que la nueva cosa caería por la botamanga izquierda. Si en cambio, era introducida por el bolsillo derecho, caería por la botamanga derecha.
 El hecho azaroso acontecía cuando Emilio introducía alguna cosa en sus bolsillos traseros. Era imposible predecir por cual botamanga caería la cosa nueva.
 Al salir a la superficie, esta nueva cosa era desconocida. Emilio no podía distinguir sus cosas de las demás. Por ende, para él todas las cosas eran en general la misma cosa.
 Esta alocada particularidad que lo caracterizaba era útil cuando se encontraba en problemas del tipo práctico y justo en ese momento alguna cosa convertida en otra aparecía y le servía de herramienta para la resolución del problema previo.
 Como cuando en su último cumpleaños todos los presentes carecían de artefacto alguno para encender las velitas y sin quererlo Emilio colocó un papel de servilleta hecho un bollito en uno de sus bolsillos que salió transformado en una cajita de fósforos. ¡Qué maravilla! En esos momentos se alegraba.
 Otras veces esta cuestión se convertía en un verdadero estorbo.
 Emilio me contó que una noche de calor andaba a pasos largos por la urbe, luego de un agitado día de trabajo…una changuita, bah!, cuando decidió desprenderse los botones de su saco y uno de ellos se liberó voluntarioso de las costuras que a tal saco lo amarraban.
 En un segundo de amnesia cerebral, Emilio lo guardó en su bolsillo derecho para evitar su pérdida y re-coserlo en su abrigo cuando tuviese tiempo, o simplemente cuando lo recordase. Hasta que de repente una fuerza extraña en su pierna derecha detuvo sus pasos.
 Alguna cosa esférica intentaba fugarse de aquella presión que ejercía su pierna, por un lado, y por el otro la tela del pantalón.
 Emilio:- Una pelota de fútbol…¿a vos te parece?...¡¡qué iba a saber yo!!-
 Estos inconvenientes no se presentaban a diario, eran más bien ocasionales.
 El resto de las veces Emilio decidía una postura indiferente y así le quitaba atención a esta particularidad que lo caracterizaba para poder seguir con el curso de su vida rara.
 Emilio:- ¡Sabés la cantidad de encendedores que perdí por guardarlos en los bolsillos!, es que llega un momento que a uno se le olvida…-
 Me miró y comenzó a reír.
 Eugenia:- ¿Seguís fumando?, creí que lo habías dejado-
 No respondió. Siguió riendo sencillamente, para luego retomar las instrucciones a seguir para la preparación de los alfajorcitos de maizena.
 Emilio: -¿Sabés cuál es el secreto para que las tapitas te queden bárbaras?-
 Lo miré e hice una mueca para dar a conocer mi ignorancia.
 Emilio:- Tenés que dejar reposar la masa para que se airee. No aumenta su tamaño, pero es como si se llenara de burbujas para descansar del permanente manoseo al que fue sometida en el paso anterior cuando mezclamos los ingredientes para luego unirlos y formarla, a la masa.-
 Eugenia:- Es como si respirara luego de perder el aliento… se relaja.- agregué.
 Emilio:- Claro.- Y ya otra vez nos estábamos riendo de nuestras metáforas.
 Yo había escuchado algo de todo esto que le acontecía a Emilio, palabrerío incierto o al menos de dudoso origen viste`. Que uno te cuenta que le contó el otro, amigo de no sé quien, que le contó un pajarito que recordaba haber visto…chusmerío bah!
 Pero ahora lo vivenciaba por mí misma sin poder dejar de sorprenderme.
 Más bien que lo disimulaba, no quería incomodarlo, pero estaba muy entusiasmada y las preguntas respectivas se apiñaban en mi boca a pesar que me mostraba muy tranquilita y paciente. Calma y serenidad para no levantar la perdiz.

 Creo que fue debido a esta actitud de mi parte que Emilio decidió abrirse esa tarde para contarme luego de algunas horas de charla otra novedad (al menos para mí).
 Como quien no quiere la cosa, entre un chorrito de de vainilla y dos tazas de azúcar…
 Emilio:- ¡Dame un beso!-
 Mi cara se enrojeció de golpe.
 Emilio:- Dame un beso, quiero que veas lo que pasa…-
 Ahora sí, entre dos yemas de huevo y cien gramos de manteca lo besé a Emilio.
 Nadie puede imaginarse lo que pasó a posteriori de ese beso.
 Debo confesar que su pedido me sorprendió tanto que tardé algunos varios segundos en responder.
 Estábamos en la cocina de su casa, ahora lo recuerdo con mayor claridad. Apoyados sobre la mesada de mármol que dividía el lugar en el que nosotros nos encontrábamos, del comedor.
 Lo primero que sentí fue una emoción enorme como el mar. Me alegraba tantísimo que Emilio quisiera compartir esta intimidad conmigo.
 Pero de pronto se mezclaron los colores que conformaban las imágenes de mi pensamiento, y me inundó  una terrible sensación de duda… ¿A qué se refería Emilio?, ¿qué pasaría?, ¿Qué más tenía que ver?
 Seguramente algo tan o más descabellado que lo anteriormente me había contado.
 La duda no pasó de eso, tal vez porque no tuve tiempo de ir más allá, ya que esta miniserie de reflexiones duró lo que el beso.
 Fue entonces cuando Emilio recomenzó el relato.
 No hacía mucho tiempo que había caído en la cuenta de que la “re-cosificación” de todas las cosas que pasaban a través de los huecos de sus bolsillos no quedaba limitada a las “cosas-objetos” solamente.
 Pues esto ocurría también con…
 Emilio:- Mirá-.
 Emilio puso su mano sobre el cachete en el que le di mi beso. Hizo un gesto similar al de agarrar o tomar algo y luego llevó su puño cerrado dentro de su bolsillo.
 Allí soltó mi beso.
 Aunque en un principio yo pensé que estaba bromeando, y en otro principio pensé que la cuestión se le estaba yendo de las manos, es decir… que se le había aflojado un tornillo, volado un patito, desaparecido un caramelo del frasco, lesionado un jugador…pensé que estaba chiflado, loco.
 Pero enseguida pude ver como algo se deslizaba por su pierna dentro de su pantalón.
 Emilio:- ¿¡Ves lo que te digo!? … ahora… ¿podés verlo?-
 Creí que me iba a desmayar de la sorpresa.
 Una paloma blanca con algunas plumitas grises salió de allí abajo para alzar su vuelo hasta el techo y sobrevolar la cocina-comedor de la casa de Emilio, quien comenzó a perseguirla con el fin de atraparla y re-ponerla en uno de sus bolsillos. Lo logró.
 Una alegría eufórica se apoderó de todo mi cuerpo, ahora era un dueto de cerezas lo que antes había sido una paloma que antes había sido mi beso.
 De esta forma Emilio evitaba olvidar las sensaciones más bellas que iba vivenciando con el correr de las melodías.
 Se figuraban sus sentimientos y hasta el sustantivo más abstracto se volvía concreto, real y palpable.
 Era como “realizar” las metáforas, verlas cobrar vida.
 Este tipo de sucesos no le eran indiferentes a Emilio.
 Yo, Eugenia, lo supe cuando descubrí detrás de la puerta de la habitación de Emilio una estantería llena de cosas y cosillas cada una con características significativas…eso es lo que creí, porque si significaban algo…lo significaban para Emilio y no para mí.
 Creo haber dado en la tecla… ¿Para qué coleccionar cosas que en general son la misma cosa sino?
 Era casi evidente que éstas que guardaba tenían algún secreto escondido.
 Imaginé que eran pedacitos del alma de Emilio.
 Así las canciones seguían pasando y los autores seguían cantando y componiendo los días.
 Emilio:- Sabés que hace un tiempo…intentaba quedármelas todas…pasa que luego del hámster, y el canario…tuve que tomar una determinación…decidí quedarme sólo con aquellas que se pudiesen conservar con facilidad…imaginate que un día me aparezca un elefante… ¿dónde me lo meto?- (nuevamente Emilio comenzó a reír…pero no tardó demasiado en percibir la intención de Eugenia, en percibir mí intención).

 Deslumbrada como estaba no pude hacer más que una confesión:
 Eugenia:- Desearía poder hacer lo mismo con todas estas palabras, que significan para mí, esas cosas que no son fáciles de decir y que por eso entonces escribo y que por eso entonces ahora me escribo diciéndolas. Pero no puedo. Así que te regalo ese beso de antes, para que siempre que lo veas sea beso de ahora, guardalo vos.-
 Fue Emilio el que se sonrojó esta vez, sin poder quitarle los ojos de encima a Eugenia, sin poder quitarme los ojos de encima.
 Eugenia:- Ahora si no te molesta… ¿Seguimos con los alfajorcitos?...-
 Emilio:- Sí, disculpame no quise distraerme, pasame el coco de allá arriba, por favor.- (Emilio dibujó una sonrisita burlona en sus labios por debajo de sus bigotes, a la que yo respondí con un gesto similar, para luego dedicarme a describirla en este paréntesis). 

Ilustraciones: Mateo Bagio
Texto: Coca González