Interludios de cocina
Escribo porque no es fácil decir las cosas que
no digo y que entonces por eso escribo.
No es fácil decir, por ejemplo, todo lo que
sentí aquella tarde en la que Emilio (el hombre de los pantalones con huecos),
me enseñó a hacer alfajorcitos de maizena en la cocina de su casa.
Cada vez que Emilio guardaba alguna cosa
dentro de los bolsillos ahuecados de su pantalón, ésta caía por la botamanga de
alguna de las piernas del pantalón, convertida en otra cosa distinta a la
anterior.
Dependiendo del bolsillo en el que tal cosa
haya sido introducida había tres opciones…aunque solo dos determinadas. Si una
cosa se introducía por el bolsillo izquierdo, pues entonces, era sabido que la
nueva cosa caería por la botamanga izquierda. Si en cambio, era introducida por
el bolsillo derecho, caería por la botamanga derecha.
El hecho azaroso acontecía cuando Emilio
introducía alguna cosa en sus bolsillos traseros. Era imposible predecir por
cual botamanga caería la cosa nueva.
Al salir a la superficie, esta nueva cosa era
desconocida. Emilio no podía distinguir sus cosas de las demás. Por ende, para
él todas las cosas eran en general la misma cosa.
Esta alocada particularidad que lo
caracterizaba era útil cuando se encontraba en problemas del tipo práctico y
justo en ese momento alguna cosa convertida en otra aparecía y le servía de
herramienta para la resolución del problema previo.
Como cuando en su último cumpleaños todos los
presentes carecían de artefacto alguno para encender las velitas y sin quererlo
Emilio colocó un papel de servilleta hecho un bollito en uno de sus bolsillos
que salió transformado en una cajita de fósforos. ¡Qué maravilla! En esos
momentos se alegraba.
Otras veces esta cuestión se convertía en un
verdadero estorbo.
Emilio me contó que una noche de calor andaba
a pasos largos por la urbe, luego de un agitado día de trabajo…una changuita,
bah!, cuando decidió desprenderse los botones de su saco y uno de ellos se
liberó voluntarioso de las costuras que a tal saco lo amarraban.
En un segundo de amnesia cerebral, Emilio lo
guardó en su bolsillo derecho para evitar su pérdida y re-coserlo en su abrigo
cuando tuviese tiempo, o simplemente cuando lo recordase. Hasta que de repente
una fuerza extraña en su pierna derecha detuvo sus pasos.
Alguna cosa esférica intentaba fugarse de
aquella presión que ejercía su pierna, por un lado, y por el otro la tela del
pantalón.
Emilio:- Una pelota de fútbol…¿a vos te
parece?...¡¡qué iba a saber yo!!-
Estos inconvenientes no se presentaban a
diario, eran más bien ocasionales.
El resto de las veces Emilio decidía una
postura indiferente y así le quitaba atención a esta particularidad que lo
caracterizaba para poder seguir con el curso de su vida rara.
Emilio:- ¡Sabés la cantidad de encendedores
que perdí por guardarlos en los bolsillos!, es que llega un momento que a uno
se le olvida…-
Me miró y comenzó a reír.
Eugenia:- ¿Seguís fumando?, creí que lo habías
dejado-
No respondió. Siguió riendo sencillamente,
para luego retomar las instrucciones a seguir para la preparación de los
alfajorcitos de maizena.
Emilio: -¿Sabés cuál es el secreto para que
las tapitas te queden bárbaras?-
Lo miré e hice una mueca para dar a conocer mi
ignorancia.
Emilio:- Tenés que dejar reposar la masa para
que se airee. No aumenta su tamaño, pero es como si se llenara de burbujas para
descansar del permanente manoseo al que fue sometida en el paso anterior cuando
mezclamos los ingredientes para luego unirlos y formarla, a la masa.-
Eugenia:- Es como si respirara luego de perder
el aliento… se relaja.- agregué.
Emilio:- Claro.- Y ya otra vez nos estábamos
riendo de nuestras metáforas.
Yo había escuchado algo de todo esto que le
acontecía a Emilio, palabrerío incierto o al menos de dudoso origen viste`. Que
uno te cuenta que le contó el otro, amigo de no sé quien, que le contó un
pajarito que recordaba haber visto…chusmerío bah!
Pero ahora lo vivenciaba por mí misma sin
poder dejar de sorprenderme.
Más bien que lo disimulaba, no quería
incomodarlo, pero estaba muy entusiasmada y las preguntas respectivas se
apiñaban en mi boca a pesar que me mostraba muy tranquilita y paciente. Calma y
serenidad para no levantar la perdiz.
Creo que fue debido a esta actitud de mi parte
que Emilio decidió abrirse esa tarde para contarme luego de algunas horas de
charla otra novedad (al menos para mí).
Como quien no quiere la cosa, entre un
chorrito de de vainilla y dos tazas de azúcar…
Emilio:- ¡Dame un beso!-
Mi cara se enrojeció de golpe.
Emilio:- Dame un beso, quiero que veas lo que
pasa…-
Ahora sí, entre dos yemas de huevo y cien
gramos de manteca lo besé a Emilio.
Nadie puede imaginarse lo que pasó a
posteriori de ese beso.
Debo confesar que su pedido me sorprendió
tanto que tardé algunos varios segundos en responder.
Estábamos en la cocina de su casa, ahora lo
recuerdo con mayor claridad. Apoyados sobre la mesada de mármol que dividía el
lugar en el que nosotros nos encontrábamos, del comedor.
Lo primero que sentí fue una emoción enorme
como el mar. Me alegraba tantísimo que Emilio quisiera compartir esta intimidad
conmigo.
Pero de pronto se mezclaron los colores que
conformaban las imágenes de mi pensamiento, y me inundó una terrible sensación de duda… ¿A qué se
refería Emilio?, ¿qué pasaría?, ¿Qué más tenía que ver?
Seguramente algo tan o más descabellado que lo
anteriormente me había contado.
La duda no pasó de eso, tal vez porque no tuve
tiempo de ir más allá, ya que esta miniserie de reflexiones duró lo que el
beso.
Fue entonces cuando Emilio recomenzó el relato.
No hacía mucho tiempo que había caído en la
cuenta de que la “re-cosificación” de todas las cosas que pasaban a través de
los huecos de sus bolsillos no quedaba limitada a las “cosas-objetos”
solamente.
Pues esto ocurría también con…
Emilio:- Mirá-.
Emilio puso su mano sobre el cachete en el que
le di mi beso. Hizo un gesto similar al de agarrar o tomar algo y luego llevó
su puño cerrado dentro de su bolsillo.
Allí soltó mi beso.
Aunque en un principio yo pensé que estaba
bromeando, y en otro principio pensé que la cuestión se le estaba yendo de las
manos, es decir… que se le había aflojado un tornillo, volado un patito,
desaparecido un caramelo del frasco, lesionado un jugador…pensé que estaba
chiflado, loco.
Pero enseguida pude ver como algo se deslizaba
por su pierna dentro de su pantalón.
Emilio:- ¿¡Ves lo que te digo!? … ahora…
¿podés verlo?-
Creí que me iba a desmayar de la sorpresa.
Una paloma blanca con algunas plumitas grises
salió de allí abajo para alzar su vuelo hasta el techo y sobrevolar la
cocina-comedor de la casa de Emilio, quien comenzó a perseguirla con el fin de
atraparla y re-ponerla en uno de sus bolsillos. Lo logró.
Una alegría eufórica se apoderó de todo mi
cuerpo, ahora era un dueto de cerezas lo que antes había sido una paloma que
antes había sido mi beso.
De esta forma Emilio evitaba olvidar las
sensaciones más bellas que iba vivenciando con el correr de las melodías.
Se figuraban sus sentimientos y hasta el
sustantivo más abstracto se volvía concreto, real y palpable.
Era como “realizar” las metáforas, verlas
cobrar vida.
Este tipo de sucesos no le eran indiferentes a
Emilio.
Yo, Eugenia, lo supe cuando descubrí detrás de
la puerta de la habitación de Emilio una estantería llena de cosas y cosillas
cada una con características significativas…eso es lo que creí, porque si
significaban algo…lo significaban para Emilio y no para mí.
Creo haber dado en la tecla… ¿Para qué
coleccionar cosas que en general son la misma cosa sino?
Era casi evidente que éstas que guardaba
tenían algún secreto escondido.
Imaginé que eran pedacitos del alma de Emilio.
Así las canciones seguían pasando y los
autores seguían cantando y componiendo los días.
Emilio:- Sabés que hace un tiempo…intentaba
quedármelas todas…pasa que luego del hámster, y el canario…tuve que tomar una
determinación…decidí quedarme sólo con aquellas que se pudiesen conservar con
facilidad…imaginate que un día me aparezca un elefante… ¿dónde me lo meto?-
(nuevamente Emilio comenzó a reír…pero no tardó demasiado en percibir la
intención de Eugenia, en percibir mí intención).
Deslumbrada como estaba no pude hacer más que
una confesión:
Eugenia:- Desearía poder hacer lo mismo con
todas estas palabras, que significan para mí, esas cosas que no son fáciles de
decir y que por eso entonces escribo y que por eso entonces ahora me escribo
diciéndolas. Pero no puedo. Así que te regalo ese beso de antes, para que
siempre que lo veas sea beso de ahora, guardalo vos.-
Fue Emilio el que se sonrojó esta vez, sin
poder quitarle los ojos de encima a Eugenia, sin poder quitarme los ojos de
encima.
Eugenia:- Ahora si no te molesta… ¿Seguimos
con los alfajorcitos?...-
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| Ilustraciones: Mateo Bagio Texto: Coca González |




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