lunes, 30 de abril de 2012


Interludios de cocina

 Escribo porque no es fácil decir las cosas que no digo y que entonces por eso escribo.
 No es fácil decir, por ejemplo, todo lo que sentí aquella tarde en la que Emilio (el hombre de los pantalones con huecos), me enseñó a hacer alfajorcitos de maizena en la cocina de su casa.

 Cada vez que Emilio guardaba alguna cosa dentro de los bolsillos ahuecados de su pantalón, ésta caía por la botamanga de alguna de las piernas del pantalón, convertida en otra cosa distinta a la anterior. 
 Dependiendo del bolsillo en el que tal cosa haya sido introducida había tres opciones…aunque solo dos determinadas. Si una cosa se introducía por el bolsillo izquierdo, pues entonces, era sabido que la nueva cosa caería por la botamanga izquierda. Si en cambio, era introducida por el bolsillo derecho, caería por la botamanga derecha.
 El hecho azaroso acontecía cuando Emilio introducía alguna cosa en sus bolsillos traseros. Era imposible predecir por cual botamanga caería la cosa nueva.
 Al salir a la superficie, esta nueva cosa era desconocida. Emilio no podía distinguir sus cosas de las demás. Por ende, para él todas las cosas eran en general la misma cosa.
 Esta alocada particularidad que lo caracterizaba era útil cuando se encontraba en problemas del tipo práctico y justo en ese momento alguna cosa convertida en otra aparecía y le servía de herramienta para la resolución del problema previo.
 Como cuando en su último cumpleaños todos los presentes carecían de artefacto alguno para encender las velitas y sin quererlo Emilio colocó un papel de servilleta hecho un bollito en uno de sus bolsillos que salió transformado en una cajita de fósforos. ¡Qué maravilla! En esos momentos se alegraba.
 Otras veces esta cuestión se convertía en un verdadero estorbo.
 Emilio me contó que una noche de calor andaba a pasos largos por la urbe, luego de un agitado día de trabajo…una changuita, bah!, cuando decidió desprenderse los botones de su saco y uno de ellos se liberó voluntarioso de las costuras que a tal saco lo amarraban.
 En un segundo de amnesia cerebral, Emilio lo guardó en su bolsillo derecho para evitar su pérdida y re-coserlo en su abrigo cuando tuviese tiempo, o simplemente cuando lo recordase. Hasta que de repente una fuerza extraña en su pierna derecha detuvo sus pasos.
 Alguna cosa esférica intentaba fugarse de aquella presión que ejercía su pierna, por un lado, y por el otro la tela del pantalón.
 Emilio:- Una pelota de fútbol…¿a vos te parece?...¡¡qué iba a saber yo!!-
 Estos inconvenientes no se presentaban a diario, eran más bien ocasionales.
 El resto de las veces Emilio decidía una postura indiferente y así le quitaba atención a esta particularidad que lo caracterizaba para poder seguir con el curso de su vida rara.
 Emilio:- ¡Sabés la cantidad de encendedores que perdí por guardarlos en los bolsillos!, es que llega un momento que a uno se le olvida…-
 Me miró y comenzó a reír.
 Eugenia:- ¿Seguís fumando?, creí que lo habías dejado-
 No respondió. Siguió riendo sencillamente, para luego retomar las instrucciones a seguir para la preparación de los alfajorcitos de maizena.
 Emilio: -¿Sabés cuál es el secreto para que las tapitas te queden bárbaras?-
 Lo miré e hice una mueca para dar a conocer mi ignorancia.
 Emilio:- Tenés que dejar reposar la masa para que se airee. No aumenta su tamaño, pero es como si se llenara de burbujas para descansar del permanente manoseo al que fue sometida en el paso anterior cuando mezclamos los ingredientes para luego unirlos y formarla, a la masa.-
 Eugenia:- Es como si respirara luego de perder el aliento… se relaja.- agregué.
 Emilio:- Claro.- Y ya otra vez nos estábamos riendo de nuestras metáforas.
 Yo había escuchado algo de todo esto que le acontecía a Emilio, palabrerío incierto o al menos de dudoso origen viste`. Que uno te cuenta que le contó el otro, amigo de no sé quien, que le contó un pajarito que recordaba haber visto…chusmerío bah!
 Pero ahora lo vivenciaba por mí misma sin poder dejar de sorprenderme.
 Más bien que lo disimulaba, no quería incomodarlo, pero estaba muy entusiasmada y las preguntas respectivas se apiñaban en mi boca a pesar que me mostraba muy tranquilita y paciente. Calma y serenidad para no levantar la perdiz.

 Creo que fue debido a esta actitud de mi parte que Emilio decidió abrirse esa tarde para contarme luego de algunas horas de charla otra novedad (al menos para mí).
 Como quien no quiere la cosa, entre un chorrito de de vainilla y dos tazas de azúcar…
 Emilio:- ¡Dame un beso!-
 Mi cara se enrojeció de golpe.
 Emilio:- Dame un beso, quiero que veas lo que pasa…-
 Ahora sí, entre dos yemas de huevo y cien gramos de manteca lo besé a Emilio.
 Nadie puede imaginarse lo que pasó a posteriori de ese beso.
 Debo confesar que su pedido me sorprendió tanto que tardé algunos varios segundos en responder.
 Estábamos en la cocina de su casa, ahora lo recuerdo con mayor claridad. Apoyados sobre la mesada de mármol que dividía el lugar en el que nosotros nos encontrábamos, del comedor.
 Lo primero que sentí fue una emoción enorme como el mar. Me alegraba tantísimo que Emilio quisiera compartir esta intimidad conmigo.
 Pero de pronto se mezclaron los colores que conformaban las imágenes de mi pensamiento, y me inundó  una terrible sensación de duda… ¿A qué se refería Emilio?, ¿qué pasaría?, ¿Qué más tenía que ver?
 Seguramente algo tan o más descabellado que lo anteriormente me había contado.
 La duda no pasó de eso, tal vez porque no tuve tiempo de ir más allá, ya que esta miniserie de reflexiones duró lo que el beso.
 Fue entonces cuando Emilio recomenzó el relato.
 No hacía mucho tiempo que había caído en la cuenta de que la “re-cosificación” de todas las cosas que pasaban a través de los huecos de sus bolsillos no quedaba limitada a las “cosas-objetos” solamente.
 Pues esto ocurría también con…
 Emilio:- Mirá-.
 Emilio puso su mano sobre el cachete en el que le di mi beso. Hizo un gesto similar al de agarrar o tomar algo y luego llevó su puño cerrado dentro de su bolsillo.
 Allí soltó mi beso.
 Aunque en un principio yo pensé que estaba bromeando, y en otro principio pensé que la cuestión se le estaba yendo de las manos, es decir… que se le había aflojado un tornillo, volado un patito, desaparecido un caramelo del frasco, lesionado un jugador…pensé que estaba chiflado, loco.
 Pero enseguida pude ver como algo se deslizaba por su pierna dentro de su pantalón.
 Emilio:- ¿¡Ves lo que te digo!? … ahora… ¿podés verlo?-
 Creí que me iba a desmayar de la sorpresa.
 Una paloma blanca con algunas plumitas grises salió de allí abajo para alzar su vuelo hasta el techo y sobrevolar la cocina-comedor de la casa de Emilio, quien comenzó a perseguirla con el fin de atraparla y re-ponerla en uno de sus bolsillos. Lo logró.
 Una alegría eufórica se apoderó de todo mi cuerpo, ahora era un dueto de cerezas lo que antes había sido una paloma que antes había sido mi beso.
 De esta forma Emilio evitaba olvidar las sensaciones más bellas que iba vivenciando con el correr de las melodías.
 Se figuraban sus sentimientos y hasta el sustantivo más abstracto se volvía concreto, real y palpable.
 Era como “realizar” las metáforas, verlas cobrar vida.
 Este tipo de sucesos no le eran indiferentes a Emilio.
 Yo, Eugenia, lo supe cuando descubrí detrás de la puerta de la habitación de Emilio una estantería llena de cosas y cosillas cada una con características significativas…eso es lo que creí, porque si significaban algo…lo significaban para Emilio y no para mí.
 Creo haber dado en la tecla… ¿Para qué coleccionar cosas que en general son la misma cosa sino?
 Era casi evidente que éstas que guardaba tenían algún secreto escondido.
 Imaginé que eran pedacitos del alma de Emilio.
 Así las canciones seguían pasando y los autores seguían cantando y componiendo los días.
 Emilio:- Sabés que hace un tiempo…intentaba quedármelas todas…pasa que luego del hámster, y el canario…tuve que tomar una determinación…decidí quedarme sólo con aquellas que se pudiesen conservar con facilidad…imaginate que un día me aparezca un elefante… ¿dónde me lo meto?- (nuevamente Emilio comenzó a reír…pero no tardó demasiado en percibir la intención de Eugenia, en percibir mí intención).

 Deslumbrada como estaba no pude hacer más que una confesión:
 Eugenia:- Desearía poder hacer lo mismo con todas estas palabras, que significan para mí, esas cosas que no son fáciles de decir y que por eso entonces escribo y que por eso entonces ahora me escribo diciéndolas. Pero no puedo. Así que te regalo ese beso de antes, para que siempre que lo veas sea beso de ahora, guardalo vos.-
 Fue Emilio el que se sonrojó esta vez, sin poder quitarle los ojos de encima a Eugenia, sin poder quitarme los ojos de encima.
 Eugenia:- Ahora si no te molesta… ¿Seguimos con los alfajorcitos?...-
 Emilio:- Sí, disculpame no quise distraerme, pasame el coco de allá arriba, por favor.- (Emilio dibujó una sonrisita burlona en sus labios por debajo de sus bigotes, a la que yo respondí con un gesto similar, para luego dedicarme a describirla en este paréntesis). 

Ilustraciones: Mateo Bagio
Texto: Coca González

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