La elocuencia de su voz
![]() |
| Ilustración: Melisa Blois Texto: Coca González |
Necesitaba
escuchar su voz, sin poder explicarme bien esta ocurrencia.
Tal vez creía que aunque sea aquel
contacto lograría hacer resonar mis membranas emocionales...
Quizá
buscaba la forma de compartir con él...búsqueda que luego se convertiría en
llamadas reiteradas a lo largo y a lo ancho de los meses.
Quería compartir con él mi secreto,
que escondía el deseo de la creación. La invención conjunta de un mundo
misterioso y nuevo. Un mundo nuestro al que pertenecíamos como mínimo por su
capacidad de reciclaje, de reelaboración, de re-volver para hacer utilizables
los objetos una vez que éstos se aburriesen de contar las mismas historias.
Simbolismos renovados, significados aparentes. CAMBIOS. Mi secreto se
relacionaba con mi deseo de cambio.
Mi nombre es Helena, aunque Helena
no es solo un nombre...Helena es un mundo por colorear.
Su secreto, (distinto al mío) iría
mutando con el paso de los duendes que marchan en círculos encerrados dentro de
los relojes, reiterando los ciclos que marcan las horas.
Al comienzo de lo que pronto se
convertiría en una especie de ritual, los enredados sentimientos eran más bien
parecidos a la sorpresa, al desconcierto, a la duda y a la desconfianza.
Pronto la madeja se mezclaba con
alguna pelusa ignorada que habitaba en las oscuridades debajo del sofá como
consecuencia del retorno a su actividad previa.
Pero los sentires se irían
transformando junto a las voces en inglés de alguna película subtitulada,
rombos naranjas o velas verdes, junto a
las imágenes nacidas de algún libro-novela que estaba siendo leido en el moneto
preciso en el que sonaba el teléfono.
Se irían fusionando con el olor a
sopa de verduras que emanaba la holla en la que ésta rompía en hervor.
O se confundiría con una lágrima que
caminaba lento por uno de sus cachetes contorneándole la cara, y que luego
corría apresurada hasta explotar al caer sobre la tabla en la que se encontraba
picando una cebolla.
Hasta que de repente Víctor se dio
cuenta que había comenzado a esperar, la metamorfosis se había consumado.
Él esperaba a que sonara el timbre del
teléfono mientras se sacaba el calzado para ponerse las pantuflas y descubría
un nuevo agujerito en el talón de una de sus medias. Esperaba mientras leía los
resultados de los partidos de ese fin de semana o buscaba el capuchón de un
resaltador entre las patas de la mesa.
Esperaba la llamada todos los días
antes de que ésta ocurriera, como si tuviera la certeza de que alguien cercano
está pronto a llegar, una especie de compañía silenciosa a la que se estaba
acostumbrando.
Tal vez esperaba a modo de
estrategia para sanear ese frío en el pecho, que allí se había instalado sin
permiso y que rastrear el momento exacto de su arribo era todo un desafío, un
reto casi constante.
Como un fantasma dulce aunque
distante se imaginaba a aquella persona con voz de mujer que inmediatamente
luego de escucharlo decir “hola” cortaba la comunicación. Eran segundos de
desaparición e incertidumbre.
Comencé a sentir luego del primer
mes, y a pensar luego del segundo que ya no cortaba la comunicación al cortar
el teléfono, y mis ojos se llenaban de chispas, y él experimentaba una emoción
fantástica que le dibujaba una tierna sonrisa en los labios.
“Se me escapan tus señales
así como a vos las mías.
Aunque aveces pienso que no,
que no se nos escapa nada
y que fluimos en secreto
y es tu secreto distinto al mio
y los peces de colores
se sonríen mágicamente
como un guiño de ojos
o un pulgar en alto,
o como cuando se te ocurre una
idea brillante
y abrís grandes los ojos.
Pero nos hacemos los que no los
vemos,
los que no les prestamos
atención,
los que les damos la espalda
mientras los espiamos
dirigiéndoles una mirada de
reojo.
Los peces lo saben
y nosotros sabemos que lo saben.”
Y en su estómago el movimiento de
los peces de colores le anunciaban que ese frío húmedo que le estorbaba en el
pecho pronto empezaría a evaporarse. Esos peces se habían convertido en su
mayor distracción por lo que ya ni siquiera intentaba evadirlos.
Sus secretos eran distintos pero esa
llamada los unía como una fuerza centrífuga que licuaba sus corazones.
Entonces Víctor tuvo ideas. Al
comienzo las ideas eran chiquitas como las hormigas, después como los
escarabajos o los caracoles. Pero iban creciendo y se colgaban de las cortinas,
de los portalámparas, de los picaportes, de los pies... Víctor iba tropezando
con ellas hasta que fueron grandes como una patineta, o como un banquito o como
una heladera.
Víctor
se vio obligado a detenerse y pensar. Las ideas en relación a Helena eran
difusas aunque espesas, indefinidas y sin embargo bellas, intocables pero
sensibles...eran algo así como la niebla
o la espuma, como las burbujas o la crema, cromáticas y movedizas...
Víctor:- Bah! Adjetivos,
cualidades, ornamentos y
adornitos...puras abstracciones, palabras efímeras...
Nada se sabía de sujetos u objetos
en los escondrijos de su pensamiento...o quizá sí...no lo sabía, pero algo se
le tenía que ocurrir.
Víctor:- ¡¡¡¡¡¡Algo concreto por
favor!!!!!!
Lo que a Víctor se le escapaba era que todos
estos pensamientos difíciles de descifrar no estaban sueltos. Cada uno de ellos
venía atado por piolines de diferentes colores de las manos de Helena quien no
era ninguna abstarcción.
Era una tormentita desesperada, un
gorrión a punto de nacer, una persiana por cerrarse, un peinado ajeno, un
decierto floreado y brillante. Helena se precipitaba en su vida blanca, sin
polvo de una noche de amor desesperada, de sinceridad siniestra pero dulce y
sabrosa, un desaparecer del aliento, un peinado ajeno pero suyo.
A Víctor eso un poquito le gustaba,
lo seducía, le hacía imaginar, aunque a veces casi que lo vivenciaba de lo
intenso que era, que él también era así, que los soles pueden apagarse de
golpe, pero que también pueden encenderse, y eso a uno lo anima, pero lo
primero es letal. Y entonces se siente parecido a jugar al borde de un abismo
con una pelota mientras te está mirando otra persona y vos por un segundo te
sentís un poquitito los dos.
De las manos de Víctor también
brotaban hilos de colores que sujetaban mis pensamientos en relación a él, y en el espacio exterior se
iban fusionando para dar a luz nuevas ideas que eran puestas rápidamente en
libertad como un conjunto de globos inflados con helio a los que se los suelta
de golpe y sin previo aviso. Se iban disgregando en el cielo a los efectos de los movimientos del aire
para luego bajar a la tierra lentamente y a destiempo, como palomas que vuelven
del sol en busca de comida para retroalimentar su vuelo.
Al caminar por las calles, tanto
Víctor como Helena se encuentran con sus ideas y se reconocen. Se sorprenden,
sonríen cómplices y sigue cada cual su camino con la sensación del amor en la
garganta y la de los peces en no sé donde.
Víctor decidió esa tardenoche de
domingo ir a ver el partido de Boca Juniors al bar de la esquina para compartir
un fernet y una porción de papas fritas (le gustaban con mucha sal) con alguien
más que consigo mismo.
Helena se pidió unas empanadas y
descorchó un vino mientras se preparaba para ver algún film de Woody Allem (le
gustaba particularmente la música de sus peículas).
Boca Juniors le ganaba 2 a 1 a San
Lorenzo. Finalizado el partido y con la emoción del hincha agitándole la
sangre, Víctor dirigió un efusivo saludo a los presentes a modo de despedida y
volvió a su casa. Se sirvió un vaso de agua que apoyó en su mesita de luz para
no tener que salirse de la cama si le daba sed de un momento a otro; se cepilló
sus dientes y se acostó a dormir.
Esa noche Víctor y Helena se
encontraron en sueños. La realidad comenzaba a ser sobredibujada por la
fantasía cuando empezaron a besarse. Los besos iban perdiendo el control de la
voluntad de los amantes y los movimientos se volvían autónomos. Sus cuerpos
respondían a cada estímulo por sí mismos: ¡cuántas formas de agarrarse nuevas!,
que se iban mezclando con los arabescos que cobraban vida de humo y que
provenían de la brasita del sahumerio que Víctor había encendido en cualquier
momento. Formas de enamorados que cargaban con una pesada cuota de ilusión que
se resistían a pagar al corto plazo.
El sol brilló maravillosamente
anunciando la cercanía de la primavera. Ahora Víctor tenía la certeza de que la
humedad de su pecho había secado y que germinaban las raíces del amor que
Helena había sembrado un poquito sin querer y otro poquito intencionalmente en
su espíritu.
Helena...,
yo, experimentaba la alegría del cambio y se animaba... me animaba a responder
cada vez que Víctor contestaba el teléfono.





